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Club de escritoras/es del ies Pérez Ayala.

Vampiro por vocación

 

Vale, ¿cómo empezar a contarte esto sin que te asustes o empieces a reírte? Este principio puede resultarte algo diferente, por lo que te doy a entender que lo mío no es escribir, eso está claro, pero como paciente lector que eres, estoy seguro que desperdiciarás algunos de tus preciosos minutos de vida para leer las estupideces que esta criatura te cuenta, ¿no?

En mis cuatrocientos años de existencia, estoy en la etapa de mi “vida” en la que los míos consideran…mmm… adulta. Nunca me dio por escribir un libro con mis memorias o tonterías por el estilo, pero estas últimas décadas he estado dándole vueltas y… ¿por qué no divertirte con algunas de mis mayores estupideces?

Primeramente, deja que me presente. Me llamo Evan Parker y soy un vampiro. ¡Eh eh eh! No arrugues el hocico, puedo adivinar tu reacción sin falta de verte. No cometas el error de considerarme la típica réplica de mi amigo Drácula o del perfecto Edward Cullen. No, no soy ése tipo de vampiro; lo siento por los amantes de nuestro querido conde o de las enamoradas del vampiro adolescente. Digamos que me considero el tipo de vampiro más… humano. Sí, no te extrañes, los vampiros también tenemos nuestra parte humana ¿o es que no se enamoró el pequeño Edward de Bella? En cambio, yo no me enamoré… bueno sí, una vez, pero eso viene al final. El rasgo que más podría caracterizarme es que me relaciono demasiado con las personas. Supongo que habrás visto la película de Casper, ¿no? Bueno, pues yo soy de ese estilo. Cómo ya dije antes, hará cosa de unos cuatrocientos años o así yo era el típico chico veinteañero que vivía su vida a todo tren. Hasta ahí todo bien, la cosa se torció cuando me reclutaron cómo marinero para servir en un barco medio carcomido y bajo las órdenes de un alcohólico empedernido. Por aquel entonces, las costas del Caribe estaban siendo abrasadas por una horda de piratas que saqueaban a destajo y se reían de los pobres asaltados a su cara. Lo dicho, di a parar con mis jóvenes huesos en aquella barca medio desecha a la que daban por nombre “navío”. Cuando me aburro y me da por mirar Piratas del Caribe me río al ver a personajes cómo Jack Sparrow o el temido Barbossa haciendo de piratas despiadados…pss… yo los hubiera querido ver yo bajo las órdenes de un capitán cómo el que teníamos nosotros. Tan deplorable era el estado en el que se hallaba el barco que, cuando le sumabas las suicidas maniobras de ese infeliz, más de una vez creí que acabaría con mis restos en el fondo del mar. Aquel desecho humano era la peor criatura que el mundo hubiera podido ver, salvo yo, claro. Durmiendo la mona durante el día, por la noche se dedicaba a despertarnos dando voces cómo un energúmeno y manteniéndonos en vilo en nuestros puestos a golpe de latigazo. Cuánto disfruté el día que me lo cargué… en fin, el caso es que pasé así dos miserables años. El día que atracamos en Santa Lucía, pisé tierra cómo si de un santuario se tratase y me encerré en la taberna durante una semana entera. Durante aquellos días, no hice otra cosa que intentar recuperar el tiempo perdido. Comí de todo y cuánto pude, bebí otro tanto y por las noches, bueno… no me faltó diversión. Una de esas noches, cuando subía a mi habitación borracho cómo una cuba, una chica se cruzó en mi camino. Ya la había visto el día anterior pero no me había atrevido a acercarme a ella por temor al hombre que la acompañaba, pero aquella noche estaba sola. Al verme en ese estado, se ofreció a llevarme a mi cuarto y una vez allí, te puedes imaginar lo que pasó. Jamás una mujer de semejante belleza se había interesado por mí por lo que llegué a la conclusión de que aquel era mi día de suerte. ¡Ay de mí si hubiera sabido lo que era en realidad! A la mañana siguiente me desperté sólo, cómo era de esperar. Supuse que la pobre se habría sentido atormentada por los remordimientos y se había largado con la misma discreción con la que había llegado, por lo que me levanté y me vestí pasando olímpicamente de la jofaina llena de agua que descansaba sobre la mesa; vale de acuerdo, era un poco indecente, pero la higiene no era algo que predominase en la época. Pasaron los días y nada en mi estado de salud hizo que me preocupase. El verano avanzaba tranquilamente pero comenzaba a notar qué el sol me molestaba más que de costumbre y había días en los que me parecía completamente insoportable salir a la calle. Achacaba las molestias a mi afición a la bebida, pero otros signos empezaban a hacer acto de presencia. La temperatura de mi cuerpo bajaba cada día y las grasas que había ido acumulando durante aquellos meses sabáticos desaparecían con la misma rapidez con la que las había creado, dejándome un cuerpo que cada vez que me miraba al espejo hacía que me preguntase si era mío o empezaba a ver espejismos. Una tarde de septiembre en la que el sol no era especialmente molesto y me encontraba dando un paseo por la playa, la loca curandera de la isla me abordó gritando con todo el fuelle de sus pulmones que era una criatura del demonio y que si no acababan conmigo ahora, acabaría yo con ellos chupándoles la vida de las venas. Pobre infeliz, cuánta razón tenía, sobre todo en lo referente a su persona.

Nunca había creído en la superchería ni en las historias que consideraba meras invenciones para asustar a los niños problemáticos a la hora de dormir, pero los extraños sucesos que me acontecían y el miedo que los ojos de la bruja habían reflejado empezó a preocuparme soberanamente. Mi mayor temor se confirmó dos días después. Últimamente había tenido problemas con mis antiguas conquistas y el hermano de una de ellas, alegando que había mancillado el honor de su hermana (cosa que desmiento, ya que ella misma fue la que se ofreció) me reto a un duelo a vida o muerte. Da la casualidad que cuando me soltó semejante estupidez, hacía demasiado sol para mi gusto y estaba de un humor de perros, por lo que accedí gustosamente, regodeándome en la idea de poder rebanar el cuello a semejante idiota. Aquella misma noche nos encontramos en una pequeña explanada, no muy lejos del palacio del gobernador. Venía acompañado de un grupito de incompetentes que lo animaban como si de su rey se tratase.

Apenas nos dio tiempo a intercambiar un par de estocadas cuando la punta de mi florete le dibujó un bonito trazo en su cara. Después de aquello, lo único que recuerdo es que me levanté del suelo con las ropas totalmente manchadas de sangre, un cuerpo más seco que un tronco a mis pies y al coro de idiotas huyendo despavoridos cuál gallinas delante de un gato. Obviamente, duraron menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Tras asimilar el hecho de que me había convertido en una criatura inhumana, a medio camino entre el mundo de los vivos y el de los muertos, decidí hacer limpieza en la isla. Mi siguiente víctima fue la bruja cotorra. A ella siguieron unas cuántas más, que desaparecieron sin dejar rastro y que sirvieron para aplacar mi sed tanto física como de venganza. La última vida que me cobré en aquella zona fue la de mi “queridísimo” capitán Spencer. Cómo me supuse desde un principio, me lo encontré en la bodega del barco sentado a los pies de un barril de ron durmiendo a pierna suelta la cogorza. Esperé a que mi gélida presencia lo despertase y cuando lo hizo, no le di tiempo ni a pedir clemencia. La verdad es que no fue la presa más apetitosa que me he merendado pero vaya cómo disfruté al sentir sus débiles esfuerzos por escapar entre la barrera letal que formaban mis brazos.

Lo siguiente que hice fue colarme en un buque español y esperar pacientemente, cepillándome algún que otro infeliz durante la travesía, a que llegásemos a España. Desde luego, mi oficio por vocación siempre ha sido actor, por que en aquellos años me hice pasar por un simple cazador, bufón de la reina e incluso por un momento opté a la sucesión al trono al desaparecer misteriosamente el príncipe heredero… no pienses mal, yo no tuve nada que ver en esa ocasión. ¡Oh, se me olvidaba! ¿Acaso te conté la vez en que me convertí en el gran inquisidor? Buf, eso sí que fue una auténtica pasada. Durante el tiempo en que ejercí de santo varón, a punto estuvieron de beatificar a Torquemada comparando sus atrocidades con las mías. Cuando el gran Imperio sucumbió a manos de los franceses, decidí que ya era hora de sembrar algo de terror entre el pueblo parisino.

Me atrevería a decir que la única diversión que tuve en ese país fue el día en que guillotinaron a la familia real. ¡Mira que le dije a Luis que no se casara con esa mujer! Nada, cabezón cómo el solo. ¿Por qué pasaron mi fiel amigo y su esposa María Antonieta a la historia? ¡Exacto! Por ser un par de necios que no me escucharon cuando les dije que escaparan. Vale que a los humanos os de yuyu confiar en un vampiro, pero ¿por qué nunca me creéis cuando digo la verdad? Simplemente no lo entiendo.

Después de semejante cacao, cogí un barco y me largué pitando de vuelta a casa, Inglaterra. La última vez que había estado en Londres fue cuando mi padre, harto de la pobreza en la que vivíamos, le dio por marcharse a empezar una nueva vida en el Caribe. No me acuerdo exactamente de la edad que tenía en aquella época, pero no debía de tener más de cinco años. Así pues, cuando volví a pisar tierra en mi ciudad natal, quedé asustado del cambió que había sufrido en aquellos dos siglos. Bien, deja que me acuerde de cuál fue la más famosa de mis atrocidades allí en Inglaterra… ¡Sí, ya sé! ¿Has oído hablar de Jack el Destripador? Un hombre despiadado que degollaba y destripaba a las prostitutas londinenses, mentirosos. Créeme, después de mí, la gente más mentirosa que hay en este mundo son los de Hollywood. Para empezar, nunca las degollé. Tan sólo les pegaba un mordisquito por dónde les bebía hasta la última gota de vida. Y en cuanto a la carnicería… eso fue obra de un médico loco que me suplicaba el agenciarse él mismo los crímenes y que la gente creyese que él era el Destripador. Pss, ya ves lo que me importaba a mi la fama.

Cómo puedes ver, mis dos primeros siglos cómo vampiro los desperdicié inútilmente, así que, a partir de entonces comencé a comportarme cómo una “persona” y no cómo un animal. Me ahorro el relatarte mis siguientes doscientos años, más que nada por qué no ocurrió nada digno de saberse y por no aburrirte más de la cuenta.

Tengo la ligera impresión de que a estas alturas debo parecerte el mayor idiota que puedas haber conocido jamás, y no andas muy desencaminado, pero… ¡Tengo que desahogarme! ¿Vale?

Bien, al principio de mi trágica historia te dije que los vampiros también teníamos nuestra parte humana y te puse el ejemplo de vuestro amado vampiro adolescente. Odio admitir, que a pesar de considerarme el tío más arisco, frío y desagradable del planeta… yo también me enamoré. Mi único error fue enamorarme de la mujer equivocada.

Esto que te cuento ya es del siglo XXI, así que deja de bostezar. Aunque la historia sea aburrida, en estas páginas te acabo de resumir algunos de los acontecimientos más importantes de la historia del hombre, pedazo de inculto.

Volviendo a lo nuestro. Ahora me encontraba en Los Ángeles, con una maleta en la mano y buscando aquella puñetera dirección. Al cabo de tres horas la encontré. Llamé a la puerta y mientras oía una voz chillona del interior que me ladraba que me esperase un momento, ponía la mejor de mis sonrisas mientras ensayaba una mirada devastadora. Cuando la puerta se abrió, apareció antes mis ojos una bola bajita y perfectamente redonda, pegada a cuatro extremidades, cuatro pelos bien contados en la cabeza y embutida en un vestido que la hacía parecer una albóndiga. Mi casera no era, desde luego, el prototipo de mujer cañón.

-¡Señor Parker, entre por favor!

Dios, ahora me daba cuenta de lo dura que era la vida del estudiante.

-Gracias, llámeme Evan, por favor.

-No, no, las maletas déjalas en tu habitación.

Perfecto, además de cortita, sorda.

A medida que avanzaba hacia el salón, iba descubriendo la pocilga en la que me iba a tener que hospedar durante unos cuántos meses.

-Perdón por el desorden. Es que la chica que vive aquí es algo irresponsable. Le mandé que arreglara un poco esto y mira cómo esta- ¡Vaya! Una compañera de piso. La cosa se ponía interesante por momentos.

-¿Vive alguien más aquí?

-¡Oh, sí! Pero es una chica bastante tranquila, a pesar de su desorden. No te dará problemas- podía ver cómo gruesas gotas de sudor perlaban su frente. Demasiado guapo para que sus pobres nervios pudieran soportarlo.

Justo en el momento en el que la pobre mujer parecía estar a punto de desmayarse, la puerta se abrió cerrándose al momento suavemente.

-¿Sra. Smith, está aquí?- aquí llegaba mi nueva compañera.

-¡Sí, ven un momento!

Dos minutos después, entraba en el salón dejándome K.O por un momento. ¡Menos mal. Una mujer decente!.

-Sarah, te presento a tu nuevo compañero de piso, Evan.

En el aire flotaba más indiferencia que oxígeno. Me saludó con un simple hola y una media sonrisa imposible de forzar un poco más. Visto el escaso éxito de la presentación, la Sra. Smith nos dejó alegando que su marido estaba enfermo y necesitaba sus cuidados, saliendo por la puerta cómo alma que lleva el diablo. Tras colocar mis pertenencias en el lugar que les correspondía, me aventuré a salir de mi habitación para darme una vuelta por el piso y ver si el desorden predominaba sólo en el salón o en toda la casa. Cuándo salí, me sorprendió el encontrar la pieza más limpia que una patena. Desde luego, todo lo que tenía de desordenada lo tenía de rápida. Cuando terminé de fisgar en el resto de las habitaciones, me asomé a la cocina y la encontré preparando un montón de bocadillos. Al oírme entrar, se dio la vuelta un segundo y siguió a lo suyo.

-Estoy preparando algo frío para comer. No sabía que llegarías hoy.

-No te preocupes, no tengo mucha hambre, pero gracias de todas formas- en mis cuatro siglos de existencia, era la primera chica que no le temblaban las piernas al tenerme a su lado. Eso sí que era todo un acontecimiento.

-¿Te ha comentado algo la Sra. Smith sobre el reparto de tareas o algo así?

-Sí, sí. Ya está todo hablado. No creo que nos demos problemas- sí que era difícil ser amable ante tanta antipatía.

-Mejor así- de pronto, cómo si quisiese llevar la contraria a la imagen que había tomado de ella, se dio la vuelta con una gran sonrisa en los labios.

-Bueno, pues entonces, te dejo solito campeón. Esta noche he quedado en casa con una amiga. ¿Estarás bien, verdad?

Lo que me faltaba, además de tener una doble personalidad, se reía de mí a la cara.

-Eh… sí, claro.

-Perfecto- dejándome con la bandejada de bocatas en las manos, salió a toda prisa al recibidor- ¡Llegaré tarde, así no me esperes despierto, y no me cierres la puerta!

Simplemente alucinante.

-Descuida…- fue lo último que alcancé a decir antes de que desapareciera por la puerta.

Obviamente no probé bocado y fue el gato que vagabundeaba por la calle el que acabó saboreando la cena. Me entretuve viendo la tele un rato y cuando me cansé, me encerré en mi cuarto para analizar un poco la situación en la que me encontraba. Había pasado de ser el aspirante al trono español a hacerme pasar por un joven estudiante aterrizado en Los Ángeles…qué triste.

Sobre las tres o cuatro de la madrugaba, oí el ruido de unos sigilosos pasos acercándose, y al momento, el ruido de una puerta cerrándose. Ya no estaba sólo en casa.

Intenté cerrar los ojos y hacer que dormía, pero era incapaz. Agucé el oído al sentir movimiento en el baño. ¿Qué demonios hacía a esas horas? Me levanté dispuesto a cotillear un poco. Toda la casa estaba en tinieblas, salvo un tenue rayo de luz que provenía del cuarto de baño. ¿Suena terrorífico, eh? Pues si hubieras visto lo que yo vi aquella noche te hubieras dado de culo contra el suelo. ¿Qué pensarías si vieras a tu compañera de piso, a la cuál conoces desde hace unas horas, con la ropa manchada de sangre intentando quitar las manchas con lejía en el cuarto de baño? Así tal cuál estás tú me quedé yo cuando vi semejante panorama. Intenté no hacer ruido pero me oyó de todos modos. En una fracción de segundo pasé de encontrarme mirando por el resquicio de la puerta a estar estampado contra la pared a medio metro del suelo.

-¿Qué hacías?

-Eh yo…nada, oí unos ruidos y me levanté para ver si eras tú…veo que sí.

Muy fuerte. O la tía esa tenía una fuerza propia de un gimnasta, o era algo parecido a mí.

-Ehem…esto…si me bajas al suelo, te lo agradecería.

Con un gruñido, me tiró al suelo y se volvió al cuarto de baño para seguir con su tarea. Sin saber qué hacer ni qué decir, me asomé haciéndome el tímido para intentar entablar conversación.

-¿Qué te ha pasado?

-Eso es asunto mío, ocúpate de lo tuyo.

-Yo me ocuparía pero, cómo comprenderás, esto choca un poco la verdad. Por eso me ha sido imposible preguntar.

-He tenido un pequeño incidente.

-¿Pequeño incidente? ¿Dónde, en la carnicería?

Con además hostil, cogió la ropa y la tiró en el cesto de la ropa sucia.

-¿Vas a seguir preguntando o me puedo ir a mi habitación?

Iba a costarme sacarle la información. Por aquella noche, me pareció suficiente por lo que me aparté de la puerta cómo un caballero, a tiempo de evitar ser pisoteado.

Los meses siguientes no mejoraron nuestra convivencia, pero sí aplacaron un poco su furia.

Una tarde de invierno, en la cuál a las cinco de la tarde ya estaba anocheciendo me dio por salir a ventilarme un poco. Me di un vuelta por el centro, fisgue en algunas tiendas de ropa… lo normal para un humano. Empezaba a echar de menos los días en que charlaba con Luis mientras cazábamos en los alrededores de Versalles o cuándo me dedicaba a aterrorizar a las gentes de Santa Lucía. Empezaba a sumirme en la más profunda de las depresiones cuándo oí un grito atenuado por el ruido de la muchedumbre. El resto de la gente, con la sordera propia de los humanos, no había oído nada, pero para mí no pasó desapercibido. Siguiendo la dirección en que había creído oírlo, me encaminé por un sucio callejón dónde la suciedad y las ratas campaban a sus anchas. Si la noche en que la vi en el baño de casa totalmente ensangrentada me asusté, esta vez no pegué un grito de puro milagro. Ahí estaba ella, con el cuello de un pobre infeliz metidito en la boca. La cara de idiota que debí poner no tiene precio. Con su indeferencia habitual, no me dirigió una miserable mirada hasta que no termino de comer. Una vez dejó el pobre cadáver en el suelo más seco que una pasa, se limpió la boca y me miró cómo si fuese la criatura más inocente del mundo.

-¿Querías algo?

Estaba totalmente grillada, ya no me cabía la menor duda.

-Sí…- sin darle opción a rebullirse la cogí por un brazo y al momento aparecimos en una explanada a las afueras de la ciudad.

-Ya estás tardando en darme una explicación.

-¿Explicación? Creo que ya lo sabes, no te tomo por idiota.

-Que no me tomes por idiota no es ninguna excusa. ¿Qué demonios eres?

-Lo mismo que tú, ¿o es que no lo ves?

El colmo de la sorpresa. En toda mi existencia, nunca jamás había convivido con otro vampiro y ahora resulta que vivía con uno. Desde luego, las sorpresas nunca vienen solas.

-¿Desde cuándo lo eres?

-Pareces un detective. Nunca he conocido a nadie que preguntase tanto cómo tú- me miró con cara de aburrimiento total- doscientos años.

Digamos que a partir de ahí la cosa entre nosotros se fue suavizando y poco a poco comenzamos a respetarnos. No tardamos en marcharnos de Los Ángeles, ya que a la gente le chocaría ver que nosotros no envejecíamos con el paso de los años.

Aunque me cueste admitirlo, dejé de ser el vampiro egocéntrico que era para convertirme en un ser más sociable, más amable… más dulce, cómo dice Sarah. Eso sí, siempre conservando mi pequeña parte despiadada, ahora reservada sólo para cuando salía a “comer”.

¿Qué te ha parecido mi vida? Aún queda bastante, pero no tengo la moral necesaria para seguir contándotela. No me podrás decir que ha sido aburrida por que sería una mentira cómo una cosa. Otra cosa es que te haya gustado, para gustos no hay reglas escritas, pero, ¿qué te pensabas, que esto iba a ser algo así cómo Entrevista con un vampiro? Ahora podrás tirar estas hojas, guardarlas o quemarlas, lo que más rabia te de. Eso sí, acuérdate de que todas las noches tienes algo así cómo un angelillo vigilándote de cerca… y de nada servirá que llames a la policía, ya lo sabes.

Atentamente, Evan Parker

 

 

Elena Albarrán

3 comentarios

Elena -

¿Carver? No me suena... miraré en internet y a ver si leo algo en la biblioteca =)

miguel -

Excelente Elena. Tienes un estilo muy personal. ¿Conoces a Ray Carver? Es un escritor americano: escribiendo como escribes seguro que te encantará..

Luna -

Interesante historia, tienes mucha imaginación. Entretenida, me ha gustado