De lo que le sucedió al hidalgo más entrañable al llegar a tierra desconocida
Allí estaba nuestro hidalgo junto a su fiel escudero, su jumento y Rocinante. Tierra para ellos desconocida aunque para los allí presentes ellos no eran desconocidos, habían oído hablar de ellos y de todas sus aventuras.
Mientras Sancho avistaba lo que para él bien podrían ser los amores de su vida Don Quijote tan solo veía mujeres respetadas y refinadas de ciudad cuya belleza y modales eran incomparables a los de su amada, Dulcinea del Toboso. Debían apresurarse en averiguar dónde estaban pues fuera cual fuera el remoto lugar al que habían ido a parar, una nueva aventura no podía demorarse en llegar y pasar a la historia como una más de los respetados Don Quijote de la Mancha y Sancho Panza.
Decidieron que debían preguntar dónde habían ido a parar, así que primero Sancho se bajó del rucio y después ayudó a bajar a su amo aunque la bajada fue un poco… accidentada… “Sancho, no me espantes a Roci que hoy lo noto alterado”, dijo Don Quijote. “Descuide, sabe que controlo amo”, dijo Sancho. Un segundo después de este diálogo pudo escucharse un estruendo en medio de una plaza enorme, un hombre había caído en la fuente en medio de la plaza, muertas de risa varias muchachas acudían al rescate del hidalgo.
Sancho había quedado admirado por su belleza y gentileza. Mientras lo sacaban del agua como podían y lo secaban con unos trapos, Don Quijote les agradecía toda su bondad a la vez que intentaba averiguar dónde habían ido a parar. Las jóvenes respondieron a sus preguntas que el sitio donde se encontraban era Oviedo, capital de Asturias. Al escuchar esto, ambos se sentían más importantes que nunca y su ego había sufrido una gran ascensión así que decidieron invitar esa misma tarde a las jóvenes a una discoteca que había muy cerca de donde se encontraban por propia recomendación de las chicas.
Sancho quería ligar con alguna de las muchachas mientras que Don Quijote quería limitarse a “darlo todo” y enseñar sus dotes de baile en la gogotera de la discoteca pues debía guardarle respeto a la que muchos años atrás había sido su amada, aquella por la que tantas y tantas noches había sufrido. Una vez entraron en el local, todo el mundo empezó a reírse de ellos, llevaban armaduras y ropas antiguas y su look resultaba un tanto diferente, raro, incluso, interesante. Avergonzados se marcharon, se sentían incomprendidos, probablemente su éxito en su antigua época no volvería a repetirse en la actual…
Aunque, como el mismo Don Quijote hubiera dicho, de toda historia de caballería se puede aprender algo, pues bien, ¿quién sabe?, a lo mejor Don Quijote y Sancho debían aparecer en nuestros tiempos para darnos cuenta de que por una vez el loco no era él, por una vez, aunque tan solo fuera una, eran los demás los que no entendían su forma de vestir y la época de la que procedían, el siglo XVII. Quizá en realidad Don Quijote nunca había estado loco, quizá eran los demás los que no entendían que ver la vida de una manera distinta y desenfadada no tiene por qué ser sinónimo de locura, ¿quién sabe?, quizá todo esto tan sólo sea un simple quizá…
Isabel (3º ESO)
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